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sábado 14 de enero de 2012


Corrupción a chorros

Algún día habrá que agradecer a Camps y Matas el servicio que están prestando a la cohesión social. Sus respectivos juicios, humillantes y retransmitidos en directo, tienen una función catártica, nos facilitan un chivo expiatorio (a la manera que lo fue Madoff para la mafia financiera) y hasta nos generan una ilusión de justicia.

Da igual que lo que se juzga en ambos casos (un cohechito de Camps, unos discursos bienpagaos de Matas) sea una mínima parte en la corrupción de años; lo importante es que viéndolos en el banquillo, oyendo sus repugnantes confidencias telefónicas y los interrogatorios, damos salida a la rabia y el asco que sentimos al sabernos estafados.

Si el dinero público se asimila al agua que circula por las tuberías, los casos de corrupción serían las pérdidas de líquido que se producen a lo largo de la red. Los juzgados estos días son apenas una gotera, pues sabemos que ha habido fugas masivas en otros puntos por los que el agua común se escapaba a chorros.

Así vivimos durante muchos años, sin importarnos demasiado las pérdidas, pues mientras al abrir el grifo siguiese saliendo agua no había de qué preocuparse, se aceptaba la corrupción como se acepta que en las canalizaciones de agua (las de verdad) se pierdan miles de litros a diario por su mal estado. Pero claro, llegó la sequía y ahora, cuando al abrir el grifo sale un hilillo fino, es cuando nos acordamos de las goteras, fugas y cataratas de dinero público que se escaparon.

Probablemente nunca veamos en el banquillo a los responsables de tanta corrupción, a los que ponían el cubo. Y no me refiero solo a Gürtel, las subvenciones para coca en Andalucía, Urdangarin y demás. Hay otras corrupciones que tal vez no tengan tipificación penal, pero son también corrupción y han secado más el suministro. Por ejemplo, en Valencia, el verdadero delito es que se hayan fundido miles de millones en terramíticas, ciudades de las artes, fórmula 1, aeropuertos fantasmas y torres cobradas sin poner un ladrillo, y ahora haya que hacer una colecta para que investiguen la diabetes de tu hija. Qué asco. 
Isaac Rosa


Responsables de sus golfos
El principal problema de España no es el paro ni la deuda, sino el déficit de atención que aqueja a nuestros servidores públicos, un mal para el que no parece existir vacuna. La última manifestación del síndrome ha sido lo ocurrido con la desviación del déficit público, un asunto que tiene al PP y al PSOE enzarzados en demostrar que es el otro quien miente. Como es muy extraño que el Gobierno saliente no supiera que las autonomías se habían pasado tres pueblos en sus gastos y que el entrante ignorara este hecho, entre otras razones, porque es quien las administra, hay que suponer que todo obedece a un descuido, a que en un momento unos y otros dejaron de mirar el fuego y se les quemaron las lentejas.

Estas distracciones son la causa de muchos de nuestros males. ¿Habría habido caso Gürtel si la actual ministra Ana Mato hubiera reparado en que su marido aparcaba un Jaguar en el garaje? ¿Qué echaban en la tele para que en la Casa Real nadie se percatara de la prosperidad de Urdangarín? ¿Hacia dónde miraba Rajoy para no ver lo chulo que era el palacete de Jaume Matas? ¿En qué estaban pensando Chaves y Griñán para pasar por alto que su director general de Trabajo, Francisco Javier Guerrero, manejaba los fondos de la consejería como quien juega al Monopoly? ¿Libraba el interventor de la Junta cuando el chófer de Guerrero se llevó por la patilla 1,3 millones en subvenciones?

Para los niños con déficit de atención existen ejercicios de rehabilitación muy sencillos, pero uno no va a pedir a los padres de la patria que depositen objetos en un caja y luego digan sin mirar el nombre de las cosas que han guardado. Lo más útil es hacerles responsables civiles a ellos y a sus partidos de los desfalcos de sus patrocinados, con lo que, además de elevar exponencialmente el celo y la pulcritud en su trabajo, se evitaría que lo que se distrajera fatalmente fuera el dinero público que manejan.

Nos tiene dicho la DGT que las distracciones se pagan. Fuera de ese contexto, la frase debería ser norma de obligado cumplimiento. Estamos hasta la coronilla de tanta negligencia y de tanto latrocinio.
Juan Carlos Escudier

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